jueves, 15 de octubre de 2009

EL EXTRAÑO CASO DE LA RAÍZ CUADRADA

La primera vez que conocí una raíz cuadrada y su método de resolución tendría unos diez años. En la pizarra el profesor explicaba paso a paso cómo debía resolverse algo que se parecía a una división pero con más rayas, que consideraba a los números desde su derecha y cuya solución comprendía unos cuantos pasos a los que no estábamos acostumbrados. Eso duró una tarde. Mi práctica con la resolución de raíces cuadradas se limitó a los cinco días siguientes en la soledad de un comedor donde difícilmente podría encontrar ayuda. Y después, nada. Jamás volví en tener necesidad de resolver ninguna otra. ¿Es que acaso no estudié más matemáticas? Claro que sí. Y comprendí después el valor de una raíz cuadrada y sus aplicaciones para la vida. Pero en cuanto a la forma en que debían resolverse he de decir que jamás me volví a ver en unos pasos tan extraños. Aunque los problemas contemplaban operaciones con algunas de ellas, estas eran de las llamadas exactas, de fácil resolución.

Cuando con algún compañero/a ha surgido el tema acerca de cómo enseñarles al respecto, me he sentido un tanto incómodo, pues me he dado cuenta de que no me quedaría más remedio que indagar y aprender de nuevo lo desaprendido (o, mejor, lo que nunca aprendí y menos utilicé). Así que cualquier manual debería venir en mi ayuda o –más rápido– una certera consulta en Internet me sacaría del apuro.

En mi vida diaria utilizo la calculadora cuando es necesario. Téngase en cuenta que más allá de las tablas (hasta la del diez, claro), ciertos cuadrados clásicos (11, 12, 13, 14, 15), algunas fracciones y otras curiosidades, operar, lo que se dice operar, lo hago sin cortes ni largas ristras de números. ¿Creen ustedes que por eso mi cultura matemática y mi capacidad de abstracción se ha visto mermada? Si es así, ¿hasta qué punto? ¿Mermada en relación a qué? Con aquellas largas operaciones nunca me encontré a gusto. Ni con aquellas raíces, ni con aquellas enormes divisiones y multiplicaciones. Disfruté más tarde con el álgebra y luego con la tan denostada por muchos teoría de conjuntos (y que a mí me reconcilió con las matemáticas). Pero lo que más me asombró fue la aparición de aquellas hermosas calculadoras y ahora me froto las manos con las eficientes hojas de cálculo. (A los antiguos delineantes de plumín y luego rotring les debe pasar lo mismo con el autocad). Y, mientas tanto, me pregunto si en nuestras escuelas e institutos se van superando ciertas inercias.

En realidad, el asunto de la raíz cuadrada lo recordé al encontrarme con alumnos/as a los que por diferentes motivos de peso les resulta prácticamente imposible memorizar unas tablas de multiplicar. Así, no puedo menos que considerar el valor de una buena calculadora (de esas de botones grandes) y el de la tecnología como fuerza liberadora. Por mi parte, es probable que en muy pocas ocasiones tenga la necesidad de resolver una raíz cuadrada, pero ellos sí van a tener que resolver en un futuro próximo operaciones elementales necesarias para su vida diaria. Es preciso dotarlos de otras estrategias y de otras herramientas de las habitualmente empleadas y que no dan resultados. Si al cojo le dotamos de muletas y al parapléjico de una silla, ¿por qué no hemos de ofrecer herramientas que faciliten el trabajo a otras personas con dificultades?





3 comentarios:

Soro dijo...

El extraño caso de la raíz cuadrada nos afecta a todos y solo me cabe decir que no lo hubiera podido explicar mejor.

Pepe Luis dijo...

Es algo parecido a lo del Espíritu Santo. ¿Quién sabe...?

miguel gonzalez dijo...

Si lo haces con lápiz, no alcanza hoja ni papel.