
Permítanme que coja prestado el título del libro de William Ian Miller, Anatomía del asco
(Taurus, 1998), y que lo dirija hacia el mundo educativo, a propósito de
los ataques que está recibiendo la educación pública por parte de los
que no creen en ella, de los que tienen el poder para demolerla y además
gozan de la impunidad para campar a sus anchas.
El
docente, avisado de las consecuencias que producen esas medidas, expone
sus razones, las manifiesta individual y colectivamente y, con suerte,
es escuchado para que se reconduzca una situación cuya deriva no
presagia nada bueno. Pero ¿qué ocurre cuando, lejos de oír a la otra
parte, lejos de recoger sus demandas, se opta por insultarla,
descalificarla, menospreciarla, y se continúa en el empeño programático
de expoliar a la escuela pública, favoreciendo los intereses de sectores
que expresamente reniegan de lo público salvo cuando se trata de
repartírselo? Uno de los ejemplos más llamativos es el desarrollado por
el gobierno regional de Esperanza Aguirre, suficientemente conocido. El
último episodio ha venido de la mano de Ana Mato, que ni conoce la
realidad de una escuela ni parece que le importe mucho. A sus medidas
ejecutivas se les une también su incapacidad y su decadencia como
políticas. No son las únicas que han manifestado sus intenciones y han
demostrado su ignorancia y menosprecio. En Aragón, la consejera del ramo
ya ha hecho declaración de intenciones para concertar en un futuro
etapas no obligatorias.
La escuela pública les provoca asco. A todos. Unos lo llevan mejor que otros. No se trata de un asco primitivo, ligado a las sensaciones básicas. No estamos hablando de un me gusta/no me gusta, huele mal o huele bien. El asco es para ellos una herramienta que les permite diferenciarse y alejarse del otro. Permite que cada cual conozca su sitio. Sobre todo, apunta a un dejar claro que no nos merecemos la parte de la riqueza que nos corresponde. Como decía un viejo humorista gráfico cuyo nombre no recuerdo: “A los pobres no se les puede dar dinero. Se lo gastan en cualquier cosa”. La coartada es la optimización de recursos, la de recortar en lo que no es necesario. El quid es que son ellos los que deciden lo que es necesario (para ellos).
La
escuela pública les provoca asco. Y me da la impresión de que lo
transmiten, si quieres como si no, a los hijos, a los alumnos, a los afines. El asco, que también es miedo, actúa en un círculo vicioso. Por
un lado, permite apartar, segregar, encastillar. A la vez, el miedo
cunde entre los que aspiran a formar parte de los elegidos, a refugiarse
dentro de los muros del castillo. Y vuelta a empezar: si vienen a
nosotros, es porque algo mal se estará haciendo ahí fuera.
La escuela pública les provoca asco. La igualdad, la justicia, la solidaridad, la
libertad, les aturden. Siempre les han olido mal. No hay educación para
la ciudadanía que no les resulte sospechosa. No hay alternativa a la
religión que no coloquen bajo su punto de mira. No hay educación en
valores que no les provoque urticaria salvo la que se ciñe a los suyos.
Necesitan cómplices para superar el asco. Esos políticos de la
derecha que les conceden subvenciones con la llamada a la igualdad de
oportunidades, que quitan de una partida para engrosar a los ya
favorecidos, que regalan terrenos para edificar colegios sectarios, que muestran
su falta de respeto a los trabajadores. Es el asco instalado en las
instituciones. Han iniciado su labor de limpieza, aseo y prevención
contra el contagio, y no dudarán en legislar cuanto vaya en favor de sus
intereses. Sin
embargo, hay que tener en cuenta que el asco sólo es un primer paso. El
asco de raíces sociopolíticas siempre tiene un contrapunto en la parte
estigmatizada. Es fácil pasar de la indignación al asco y de allí a la
confrontación sin cuartel. Pero es este un escenario que no contemplan, angustiados en sus olores.
Espero
que la escuela pública no se muera de asco, que no llegue a instalarse
en él. Espero que el asco que les produce a algunos les provoque vómitos, que les
sirva de purga, que arrojen todo lo que en realidad les resulta
indigesto: su falta de respeto, su prepotencia, su chulería, su
decadencia, su incapacidad gestora. Y cuando examinen los restos
detenidamente digan: ¡Qué ascazo!